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Leo esto en el muro de un sabio urbano, un poeta de jean y franela que a veces patea las calles buscando respuestas: “La gente enamorada vive, en cierta forma, en un país extranjero… estos días áridos vale la pena atravesarlos sintiéndose enamorados…” (*)

Agradezco a Dios haber puesto en mi camino a la persona indicada, a la flor correcta, a esa que me transporta a otro país con su color y su aroma, que interrumpe mi tránsito por este árido desierto para advertirme que si ella está allí, es porque cerca, muy cerca, queda el oasis donde podré descansar y refrescarme.

Esa flor me enamoró, me enamora, lo seguirá haciendo. Y mientras eso sea así, seguiré atravesando los días áridos, confiado en que su perfume me hará sentir que no estoy allí, en medio del calor y la soledad, sino en un fresco y hermoso campo extranjero.

(*) Hector Torres

La foto es de @yiseasz

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Envejezco

Siento que envejezco cuando lo único que pido en mi vida es olvidar.

Siento que envejezco cuando las alegrías intentan ser por poca cosa, o por cualquier cosa.

Siento que envejezco cuando solo me conformo.

Siento que envejezco cuando la rebeldía me parece absurda.

Siento que envejezco cuando la entrega ya no es pasión, sino rendición.

Siento que envejezco cuando temo abandonar la rutina.

Siento que envejezco cuando le pongo precio a soñar…

Hay ancianos que jamás llegan a sentir esto… son esos los que mueren jóvenes…

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Entrevista a un señor que venía pasando.

– Buenas tardes señor. Espero se encuentre bien, y que ojalá pudiera usted tener a bien regalarme un poco de su tiempo.

– Mire, más de todo eso lo será usted.

– ¡Ah caramba muchas gracias! Es usted muy amable.

– Sí, bueno, yo también opino lo mismo.

– Eh, pero dígame, será que usted podría…

– Mire, eso de regalar, tanto así como regalar, la verdad es que en estos tiempos está bien difícil; y con respecto al tiempo, eso es como pedirle peras al olmo.

– ¿Cómo es eso? ¡No entiendo!

– A ver, ¿usted realmente piensa que el señor Olmo tiene tiempo para andar repartiendo peras?

– Bueno, la verdad es que viéndolo desde ese punto… Pero en fin, el punto es, respetable caballero, que para mí sería muy útil y satisfactorio, el que usted me permitiese hacerle una entrevista.

– ¿Una entrevista?

– Sí, hacerle una entrevista.

– Una entrevista.

– Sí, una…

– ¡Ya! ¡Ya! Ya le entendí a la tercera vez que lo dijo.

– ¡Cuál tercera vez si usted no me dejó terminar!

– Bueno hágalo pues, caramba, no se ofusque.

– Sí, una entrevista.

– Muy bien, imagino que ahora si estaría usted de acuerdo en que…

– ¿Hagamos la entrevista?

– ¡Eh! ¡Eh! Un momento caballero, eso de que “hagamos” me suena a multitud. Aquí el único que ha hablado de hacer entrevistas ha sido usted.

– Sí, bueno, tiene usted razón pero es que, para que se dé, quiero decir la entrevista, debemos interactuar ambos, establecer un diálogo directo, franco, honesto.

– ¿Una entrevista dijo usted?

– Sí, una entrevista.

– ¡Caray! A mí me gustan mucho las entrevistas, ¿sabe?

– Entonces esta es la oportunidad.

– ¿De qué?

– De hacer la entrevista. A usted. Entrevistarlo.

– ¿Y qué hay de las peras?

– ¿Cuáles peras?

– Las que estaba regalando el señor Olmo.

– Eso lo dijo usted, fue usted quien hizo mención al olmo y las peras para tratar de explicar lo del tiempo.

– Tiempo. Usted debería entrevistarlo.

– ¿Al tiempo?

– Pero qué locura señor, ¿cómo va usted a entrevistar al tiempo? Me refiero al señor Olmo.

– Quizás resulte interesante, la cuestión es que por ahora, solo cuento con usted, que venía pasando por acá, y entonces me dije, “¿por qué no entrevistar a este señor que viene pasando?”.

– Fíjese que ahora que lo pienso, si usted se dignase a entrevistarme, yo le entregaría a cambio, una, dos, o hasta más respuestas por cada pregunta que usted me hiciere. Porque, ¿sabe?, a mi me encantan las entrevistas.

– ¡Qué maravilla! ¿Y de dónde vendría tan alta capacidad de respuesta?

– De lo vivido, de lo sufrido, de lo reído. De todo ese gran legado que me han dejado mis ancestros. De tantas altas y bajas. De la experiencia, que como decía Wilde, “es simplemente el nombre que damos a nuestros errores”.

– ¡Qué belleza!

– Gracias. Y bueno mi estimado, espero que haya usted quedado satisfecho y complacido con la entrevista.

– Realmente he quedado sin palabras. En verdad gracias señor, por su tiempo, elocuencia y amabilidad.

– Siempre a la orden. Que tenga usted una feliz tarde y, saludos al señor Olmo.

– Con gusto señor. Hasta luego.

– Hasta luego.

– Después de usted.

– De ninguna manera. Después de usted.

– ¡Gracias! Hasta luego.

– Hasta luego.

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Memoria corta, muy corta

No tenía ni la menor idea de qué hacía yo en ese sitio, hasta que encendí la luz; y una cosa llevó a la otra, la claridad me permitió hacer un rápido inventario de cuanto había a mi alrededor: espejo, lavamanos, poceta… mi estómago comenzó a gruñir, era como un ruido salido de una catacumba; mi frente empezó a sudar y sentí un intenso frío que recorría mi espalda; luego un dolor, una angustia, una urgencia… en ese instante lo comprendí todo, las ideas fluían y el universo conspiraba, ya tenía el qué y el dónde, en instantes resolvería el cuándo y el cómo, el quién ya no hacía falta descubrirlo, sin embargo, en segundos cesó el dolor y pienso que eso hizo acallar mi estómago, una vez más comencé a hurgar con la mirada, la luz estaba encendida y pensé que quizás había entrado para apagarla. Me arropaba la oscuridad, y no tenía ni la menor idea de qué hacía yo en ese sitio, hasta que encendí la luz…

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Disculpen

Disculpen si no me río,

cuando veo que la estulticia

y la falta de pericia

aquí contaminan un río.

Disculpen mi falta de carcajadas,

cuando veo inmorales

con falta de modales

justificando salvajadas.

Disculpen mi mal humor,

cuando veo que con arrogancia

premeditada y alevosa ignorancia

algunos aseguran que estamos mejor.

Disculpen mi ausencia de sonrisa,

cuando veo hijos que lloran

junto a madres que imploran

y ese llanto se lo lleva la brisa.

Disculpen mi enojo verdadero,

al ver familias enteras

sentadas sobre sus posaderas

comiendo directo del basurero.

Disculpen si de alegrarme soy incapaz,

cuando veo una ciudad podrida

donde pierde la libertad y hasta la vida

el que canta por la paz.

Disculpen si no consigo diversión,

cuando leo las noticias

y veo tantas franquicias

del mercado de la perversión.

Disculpen que no haya alegría,

cuando veo que reina el temor

que se está perdiendo el honor

y que pensar distinto es una grosería.

Disculpen hoy el chiste ausente,

cuando veo frente al espejo

la misma cara de pendejo

soñando un mundo diferente.

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Vida

Timidez: Está compuesta por “TIMI”, de “TIMI QUEDAS CALLADO”, y “DEZ”, de “DEZTRUYO TU CONFIANZA”.

La timidez es uno de los infiernos en los que Dante al parecer no pensó, o más bien un demonio malo muy malo. Cuando se cae en él, o se apodera de ti, todo se paraliza, se nubla, entras en un estado de inutilidad total, el único sentido que se activa es el de la vergüenza; ese  demonio poderoso se apodera (porque tiene mucho poder) de tu voluntad y hace que se reduzca hasta casi hacerla desaparecer, lo poco que te queda solo sirve para que apenas puedas mover la boca y así muestres la sonrisa más estúpida y ridícula que jamás será olvidada por quienes te acompañaban en ese momento, “¿recuerdas la cara de idiota que pusiste aquella vez que te entrevistaron?”, entendiendo que con “aquella vez” se refieren a hace mil años atrás. Justo cuando caes en ese trance, tus magistrales y más ingeniosas respuestas se esconden, y aparecen inmediatamente después de haber abandonado ese estado.

Generalmente la timidez aparece cuando te confrontan, cuando te interpelan, cuando ante cualquier situación, el resto apela a ti como el salvador, la voz cantante, incluso como comodín. También surge cuando finalmente llega la oportunidad de estar cerca de ese alguien a quien imaginariamente, has tenido a tu lado, unidos en lujuria, complicidad y pecado carnal. Esa persona se te acerca y todo lo que le dijiste e hiciste en tu cabeza desaparece, ahora ya no puedes siquiera pensar, solo la miras y sudas, tiemblas, balbuceas, deseas que en el piso se haga un abertura justo debajo de ti, que la gaveta del escritorio se abra y te engulla, que aparezca la señora encargada de la limpieza y te absorba con su monstruosa aspiradora.

Eso de ser tímido no existe, uno no es así. Cuando uno está frente al espejo del baño o del dormitorio, la verdadera personalidad aflora, dando rienda suelta a su esencia; lo mismo pasa cuando te colocas los audífonos y escuchas reggaetón, hip hop, o música para belly dance mientras estás trabajando, en ese instante a tu cuerpo no le importa nada, él se mueve y retuerce a su antojo, en tu cara aparecen las mil muecas, eres un ser único y más nadie existe y si existe pues simplemente no es de su incumbencia tu vida mucho menos tu personalidad; pero basta que alguien se te acerque apuntando hacia tu cara con un teléfono inteligente y te diga que está haciendo un video para el grupo de la oficina… silencio… frío… hace un rato estabas “rapeando”,  eras el rey de la improvisación, ahora todo tu vocabulario se reduce a una sola letra, si acaso dos, la “A” y la “E”. Antes de salir de casa, dejaste a tu mascota boquiabierta con una fenomenal exposición acerca de la situación económica del país, tu intervención dejó bien claro cuánto sabes de finanzas, administración de bienes y servicios, análisis de riesgo, inversiones, petróleo, etc., ya en la calle, un periodista se acerca y micrófono en mano pide tu opinión acerca de la escases de alimentos y el calentamiento global… silencio… frío…

Existen demonios que para ser exorcizados se debe utilizar agua bendita, pero con la timidez eso no funciona, para expulsarla se necesita alcohol. Desde tiempos inmemoriales, pócimas mágicas como el vino o el vodka, han servido como instrumento para vencer a ese leviatán; es la manera más efectiva para hacer que alguien responda y diserte incluso hasta acerca de lo que no conoce, sin tapujos ni cortapisas. “¡Ay, habló el mudo!”, dice la gente cuando reunidos en algún festejo, observan que reacciona aquel pobre infeliz que durante un buen rato estuvo inerte, reservado, conforme con solo mirar, sonreír y sostener un vaso en su mano; ya después se le ve bailando, actuando, dando un espectáculo usando una mesa como tarima, ya el vaso se ha vaciado y llenado en varias ocasiones así que, el maligno ha sido vencido una vez más.

Así pues, queridos amigos, quiero dejarles acá algunas pequeñas y humildes reflexiones:

Cuando estén reunidos, y alguien se les acerque con una cámara y les diga que está haciendo un video para la posteridad que por favor se relajen y cooperen, tengan en cuenta que justo en ese instante, el demonio de la timidez hará acto de presencia y buscará victimas para calmar su voraz apetito, entonces, traten siempre de mantener la unión, y estar pendiente sobre todo de los más débiles, no empujen a nadie para que sea devorado mientras ustedes aprovechan y escapan, de ser posible procuren una maniobra evasiva que les permita a todos salir airosos y con vida. Esto claro está, si sienten al demonio cerca, que no siempre pasa, la verdad es que hay momentos en los que la energía de las personas es tan fuerte que a la timidez ni se le ocurre pasar a ver siquiera.

Si sus torrentes sanguíneos se encuentran invadidos por alguna sustancia etílica, ni se ocupen, la timidez tiene muy buen olfato, y si no es su caso pero sí el de los otros que les acompañan pues tampoco se inquieten, en cualquier momento alguno saldrá al ruedo por todos de ser necesario.

La timidez no es una enfermedad, ni un trastorno de conducta. La timidez es una malignidad que corroe las entrañas de sus víctimas, destruye las relaciones de cualquier tipo, priva del disfrute de hacer el ridículo ante cualquier entidad, escamotea las intenciones de colearse o entrar sin pagar a algún sitio, hace que se queden en la imaginación todas las cincuenta sombras que uno quisiera compartir con alguien; de manera que hay que evitar de cualquier forma a esta perversidad incorpórea, pero si llegasen a ser presas de ella, no se avergüencen, no es su culpa suya de ustedes, es ella, ¡la perra esa!

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Quince cortos, que se quedaron cortos

  • Cada noche, a pesar de la claridad del vestido, sus formas pasaban desapercibidas, porque nadie quería ver su tristeza.  

 

  • Aquel día inició su partida. Ese beso no fue igual al de todas las mañanas, y justo en ese instante, comencé a extrañarla. 

 

  • Debajo de la cama no había nada, encima tampoco pero, él se sabía acompañado, sabía que estaban allí, su miedo se lo decía.

 

  • Esa mañana, detrás de la pistola, perdió su alma; se la llevó aquel pobre diablo que en mala hora quiso ser un héroe.

 

  • Esa noche bebió su orgullo de un trago y tiró su dignidad en la cama. En la mañana, contó en billetes el amor por sus hijos.

 

  •  Al ver la nevera vacía, quise escribir un cuento para llenarla con imaginación, pero la hoja quedó tan vacía como la nevera.

 

  • Ella le pidió un cuento de amor, pero él tenía su corazón en blanco, y así no podrían ser felices para siempre.

 

  • El pez, cansado de la pecera se asomó, pero resbaló y cayó fuera de ella, lo que demostró que no siempre mueren por la boca.

 

  • Una vez el Conejo de Pascua dijo no poder más. ¿Te faltan huevos?, gritó la esposa, y al sentirse retado, retomó su misión.

 

  • La reyerta fue cruenta, pero terminó cuando se dieron la mano, esa que uno le había arrancado al otro al inicio de todo.

 

  • Su narcisismo desapareció tiempo después de convertirse en vampiro. La intima relación entre él y los espejos se había roto.

 

  • Aterrorizado, quiso escapar de su interior. No soportó encontrarse ahí consigo mismo. 

 

  • Sin reservas le entregó su cuerpo, pero el tonto gato no entendió las señales. Pobre ratoncita quedó hecha pedazos por amor.

 

  • Peor que no tener corazón, era llevar ropa interior de madera, pero cuando Pinocho lo decía, el resto pensaba que mentía.

 

  • El genio ofreció cumplirle dos deseos. “Deseo que sean tres”. “¡Hecho!”, respondió el genio, “ahora te quedan dos”, remató.  
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